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miércoles, 9 de mayo de 2012

caput mundi

ultimamente no tengo tiempo para nada, ni siquiera para comentar nada aqui. pero no puedo dejar constancia en este blog un magnífico artículo de john carlin en el país sobre una ciudad que me apasiona: londres. como recordareis, estuve en londres (¡por primera vez!) el otoño pasado y me encantó (por nuestra mente se nos pasó mudarnos a allí...). como john carlin escribe mucho mejor que yo y, además, incluye entrevista con boris johnson, os copio el artículo tal y como está (sin nisiquiera cambiar las mayusculas a minusculas)

Londres, capital del mundo

Cosmopolita, rica y abierta a cualquiera que quiera convertirla en su casa, de ella se dice que es otro país dentro del Reino Unido

No se enseña en los colegios, y muy pocos adultos ingleses lo saben, pero la fecha 122 después de Cristo es de vital importancia en la historia de Londres y especialmente relevante hoy. Hace exactamente 1890 años, un romano de familia española, el emperador Adriano, determinó que Londinium fuese la capital de Britannia, y para festejarlo anunció que él mismo viajaría a la ciudad, lo cual provocó un revuelo en la población mucho mayor, según cuentan los historiadores, que el que se está viviendo ahora, en vísperas de los Juegos Olímpicos.
Sí, es verdad, los medios británicos no dejan de recordar cuántos días quedan para la ceremonia olímpica inaugural. Londres, como una duquesa maquillándose para la boda de su hija, se está esforzando para ponerse guapa, no solo erigiendo estadios y otros monumentos para los deportistas y espectadores que llegarán de todo el mundo, sino reformando sus plazas, construyendo rascacielos y gigantescos centros comerciales, mejorando y expandiendo el metro, preparando un rico y cosmopolita cóctel de eventos culturales.
Pero una cosa es que venga Usain Bolt, otra, que el invitado sea el dios viviente. La noticia de la llegada de Adriano fue recibida por los 45.000 habitantes de la antigua ciudad como un trueno, ocasionando euforia y ansiedad en igual medida, y una fiebre de construcción: nuevos templos, calles, puentes, baños y, ante todo, anfiteatros para los sangrientos espectáculos (gladiadores que cumplían el papel de los atletas de hoy) con los que habría que deleitar a la divinidad hispana. La visita de Adriano, al que se le hizo una estatua conmemorativa de bronce (cuyo busto fue encontrado en el fondo del río Támesis en 1834), convirtió Londres durante su estancia en el centro y foco del mundo.
Hoy, Londres es el centro del mundo todos los días del año. Esa, al menos, es la opinión de su actual emperador. Bueno, en realidad, Boris Johnson ostenta el título más humilde de “alcalde”. Pero atributos imperiales no le faltan. La ciudad sobre la que Johnson, de 48 años, ejerce liderazgo tiene el doble de ciudadanos (ocho millones) que la totalidad del imperio romano en tiempos de Adriano (“ciudadanos”, no habitantes, que quede claro) y provienen de todos los rincones de la tierra, ya que se comunican entre sí en más de 300 idiomas. Johnson habla cuatro de ellos. O, más bien, tres. El alemán, el italiano y el francés. El cuarto idioma es posible que él sea el único londinense que lo domine, pero es el que más motivo nos da para atribuirle el papel de un imperator contemporáneo. Johnson habla latín. Sí, no solo lo lee (como también lee el griego antiguo) y lo escribe, sino que lo habla. Hace cuatro años, con motivo de una exhibición en el Museo Británico para celebrar, precisamente, el legado del emperador Adriano dio un discurso en latín, escrito por su propia mano, lleno –después se supo– de humor.

Entrevisté a Johnson (en inglés) en Trafalgar Square, corazón geográfico de Londres, símbolo histórico de otro imperio caído, el británico. El nombre de la plaza (tan español como Adriano) celebra un solemne episodio patrio, la victoria naval, de 1805, sobre Napoleón que evitó que los ingleses tuvieran que aprender a hablar francés por segunda vez en su historia. (La primera fue en 1066, y ahí los siempre difíciles vecinos del sur sí ganaron la guerra, convirtiendo el francés en el idioma oficial de la Corte inglesa durante 300 años). Pero hoy, lo que define a Trafalgar Square ya no es, como en tiempos victorianos, un cerrado y autosatisfecho nacionalismo, sino una exuberante promiscuidad cultural. No solo porque una hora sentado a los pies de uno de los cuatro leones de bronce que escoltan la torre del Almirante basta para oír prácticamente todas las lenguas del mundo (salvo, quizá, el latín), sino porque es aquí donde cada año celebran sus fiestas de independencia los ciudadanos de la India, Paquistán, Nigeria, Canadá, Australia, Irlanda y otros países que en su día vivieron bajo el yugo imperial británico.
China también tuvo sus conflictos históricos con Reino Unido, pero Trafalgar Square fue donde este año se celebraron los festejos londinenses del año nuevo chino, con Johnson y el embajador chino como invitados especiales. Durante un breve y divertido discurso justo antes de mi entrevista con él, Johnson dijo que su ciudad haría lo posible para estar a la altura de los Juegos Olímpicos de Pekín, aunque reconoció que su país ya no podía competir con el gran tigre asiático a nivel económico. “Lo que gastó China en fuegos artificiales en 2008”, declaró Johnson, provocando risas entre la multitud, “supera la totalidad del presupuesto militar británico anual”.
“Boris” –así lo conocen los ingleses, por su primer nombre, como si fuera un cantante popular o un futbolista brasileño– es como su ciudad. Está seguro de sí mismo; no tiene complejos. Un político común y corriente no hubiera osado reírse tan descaradamente de su país. Ni tampoco se jactaría quizá de haber tenido un bisabuelo turco que fue ejecutado por sus creencias políticas. Pero Johnson no es ni común ni corriente. Presente tanto en las páginas de los diarios serios ingleses como en las revistas del corazón, compite con cualquier famoso, cualquier estrella, cualquier celebridad, en cuanto al interés popular que despierta en las multitudes, la fascinación que ejerce sobre los hombres y las mujeres, pero especialmente en las mujeres. El líder de su partido y actual primer ministro, David Cameron, siempre le está mirando por el retrovisor, sabiendo muy bien que el día que presente su candidatura por el liderazgo conservador lo va a tener complicado. Johnson es un bicho raro en esta era de líderes sosos y previsibles: un político carismático, un personaje jocoso y brillante, erudito y populista a la vez, cuyo principal defecto –o, mejor dicho, cuyo mayor obstáculo a superar, si va a llegar a ser un día primer ministro– es una perversa tendencia a decir exactamente lo que piensa.

Johnson se ríe de sí mismo y de su país, pero de Londres, no. Johnson nunca, jamás, es solemne, pero Londres es cosa seria. Es, entre otras cosas, como también señaló en su discurso (de 2 minutos y 45 segundos de duración), la ciudad fuera de China que más estudiantes chinos tiene. Londres –no hay más que caminar una manzana por la ciudad para comprobarlo– es un imán para el mundo. Y fue a propósito de esta idea que comencé nuestra entrevista con la siguiente pregunta. Para ponerle a prueba, o quizá en un triste intento de demostrarle que yo también tenía mi pequeña cuota de erudición, le dije: “Como escribió hará unos 40 años Jorge Luis Borges…”. Y ahí, de inmediato, me interrumpió. Con una cita de un cuento del escritor argentino. “El cielo tenía el color rosado”, pronunció Johnson con una gran sonrisa, saboreando cada palabra, “de la encía de los leopardos”. (Eso sí, la cita fue en inglés.) OK, me rindo, Mr. Johnson, le dije, pero no, esa no era la cita que tenía en mente. A lo que me refería fue a algo que dijo Borges alrededor de 1970, “que Nueva York era en aquel momento lo que Roma había sido en su tiempo, la capital del mundo”. ¿Londres lo es ahora?
“Sí”, respondió de inmediato Johnson, cuyo abundante pelo tiene el color de un león albino. “Sí. Considero que Londres sí es la caput mundi. Vea esta multitud aquí en la plaza. Hay más comunidades de más países hoy en Londres que incluso en Nueva York. En los Juegos Olímpicos participarán más de cincuenta naciones que cuentan con comunidades de más de 50.000 personas en Londres. Se hablan 304 idiomas, el 36% de la población ha nacido en el extranjero, y aquí, precisamente, reside la fuerza de la ciudad. Si uno agrega el peso global de Londres en el mundo de las finanzas; en las artes, los museos, el teatro, la música; la calidad de nuestra televisión y la innovación que demostramos en las nuevas tecnologías; la variedad y calidad de los restaurantes; el dinamismo en la arquitectura… si uno lo suma todo, no creo que sea ninguna exageración decir que esta es la capital del mundo”.
La noción es más debatible que en otras épocas, evidentemente. No estamos hablando de poder político, como habríamos hecho en tiempos del Imperio Romano, o en el siglo XVI respecto a España, o en el XIX con Gran Bretaña, o incluso, durante buena parte del XX con Estados Unidos. Como me aclaró Johnson en la entrevista, la definición de caput mundi se debe centrar hoy más en el terreno cultural, en el sentido más amplio de la palabra. Y también en cuanto a la capacidad de atraer dinero. Lo que argumenta Johnson es que Londres es una ciudad grande, rica, cosmopolita y abierta, donde todo el mundo, venga de donde venga, se siente cómodo; donde sin importar el continente del que se provenga o el color de la piel o la religión, uno se siente en su casa, tranquilo, aceptado como uno más en la calle, en el bar o en el lugar de trabajo.

Me propuse investigar y poner a prueba las grandiosas pretensiones del alcalde Johnson y ver hasta qué punto su aproximación a una definición del término “capital del mundo” podría servir para describir a Londres. Fue cuestión de caminar mucho, de mirar, comer y hablar, tanto con los nativos como con ese 34% de sus habitantes nacidos en otro país. Y de leer, por ejemplo, un libro que ha escrito Johnson sobre la historia de Londres, y un informe que acaba de salir en el que se concluye que Londres es la ciudad preferida de los ricos del mundo. Basado en encuestas con individuos que disponen de más de 25 millones de dólares para invertir, el Wealth Report (Informe de la Riqueza), Londres quedó primera en cuanto a calidad de vida, actividad económica, influencia global, por encima (en este orden) de Nueva York, Hong Kong, París y Singapur. Preguntados qué es lo que definía a una ciudad global, los factores que los encuestados resaltaron fueron la seguridad personal, la estabilidad social, el nivel educativo y lo abierta que es la economía.
Bien. Londres es una ciudad de oportunidad y sosiego para los ricos. Megamillonarios árabes, oligarcas rusos y banqueros varios tienen sus hogares aquí. ¿Pero también es un lugar de oportunidad y sosiego para gente de ingresos normales? Muchos de los miles de españoles que tienen su hogar en la ciudad dirían que sí. Entre ellos, Rafa Pavón, de 32 años, que tiene su propia empresa, Watergun, una productora de películas y vídeos, en Londres.
Él y sus socios la montaron con la ayuda práctica y entusiasta de la Embajada británica en Madrid y una agencia del Gobierno que se llama United Kingdom Trade and Investment (UKTI), la primera y decisiva señal que tuvo Pavón de lo receptiva al mundo que resultaría ser su nueva ciudad. Pavón, que consiguió una maestría en comunicación y diseño en Londres tras una travesía frustrante por el sistema educativo superior madrileño, es un buen ejemplo de la fuga de talentos que sufre España hoy en día. Watergun está en pleno crecimiento creativo y económico, con una buena lista de clientes, y a principios de año ganaron un premio prestigioso, contra fuertes y reputados rivales ingleses, por un vídeo musical. “Nos presentamos al premio sin la más mínima expectativa de nada, y lo impresionante –no lo entiendo– fue no solo que ganamos, sino que lo hicimos sin conocer a nadie y sin que nadie nos conociera”, explica Pavón. “Es lo opuesto al amiguismo. Es el fair play; el respeto al proceso creativo, incluso, a la excentricidad, venga de donde venga. Libera muchísimo. Puedes hacer cosas en Londres que en otros sitios ni te planteas”.

¿Comparado con España?“España es para España; Londres es para todos lados. Mueves un dedo aquí y el feedback es mucho mayor. Si haces un esfuerzo, hacerlo en Londres lo optimiza todo”, Pavón sabe distinguir entre Londres y el resto de Reino Unido, que es otra cosa. Londres (productividad: 30% por encima de la media británica; ingresos medios de sus habitantes: casi el doble que el resto del país) es como un gran palacio resplandeciente en la cima de una montaña en cuyas laderas la gente sufre los estragos de la crisis económica que aflige a España y a buena parte del mundo occidental.
En marzo, la Unión Europea identificó a Londres como la ciudad más rica de la eurozona, con diferencia. En un artículo reciente titulado Planet London, la revista The Spectator contó que “la mayoría” de los niños que cursan primaria en la ciudad hablan un idioma en casa que no es el inglés. “En cuanto a los jardines infantiles de la ciudad”, agregó la revista, “se han convertido en una especie de Naciones Unidas para pequeñajos”. Londres es como una república independiente, privilegiada, en la que no es necesario haber nacido para ser considerado un ciudadano pleno –como tampoco fue necesario haber nacido en Roma en tiempos de Adriano para ser romano.
Titi Banjoko es dentista y nigeriana. Su primera experiencia en el Reino Unido, hace casi 30 años, no fue buena. Aterrizó en Glasgow y descubrió que los pacientes no querían que les atendiera debido al color de su piel. Tuvo que elegir, me contó, entre sentirse víctima o compadecer a los racistas. Los compadeció. Vive en Londres desde 1989. Hoy encabeza un equipo de sanidad gubernamental que se encargará de atender las necesidades de los visitantes extranjeros durante los Juegos Olímpicos. “Viajo mucho por Europa –por Alemania, Holanda, Suiza– y veo que allá los africanos no estamos integrados en la sociedad como aquí”, dice Bajoko. “Se nos hace sentir como alienígenas. Aquí me siento parte de la sociedad, mi voz se escucha, no hay que pasarse la vida golpeando un muro como en otros países europeos. Puedo aspirar a ser lo que yo quiera”.
Banjoko se lo explica en parte en función del temperamento inglés, del fair play del que habla Pavón, de la tendencia a vivir y dejar vivir y de juzgar a la gente por sus méritos, pero también lo ve en términos más prácticos. “Hay distritos electorales en Londres donde el 60% de la población nació en el extranjero, con lo cual, los candidatos han tenido que conocer y respetar otras culturas. No les queda otra que tenerte en cuenta”. Un ejemplo lo da Ken Livingstone, el rival laborista de Boris Johnson en las elecciones para alcalde que se celebrarán este verano en Londres. En sus discursos, últimamente, Livingstone no deja de proclamar su simpatía por el islam.
Johnson se inclina más por acentuar los elementos que unen a los habitantes de la ciudad. “Es increíblemente amplia la definición de un londinense”, resalta. “Londres acultura a la gente; absorben la ética general, la forma de pensar y ser. Se convierten en londinenses y también en británicos en cosas pequeñas, pero importantes. Como la tendencia –falsa– a despreciarse a sí mismos, a pasar vergüenza (lo que define a los británicos, como es bien sabido), la ironía, el comportamiento en el metro…”.
Pero tampoco parece haber mayores problemas si los que vienen de fuera recrean sus mundos en las calles de Londres. Edgware Road, por ejemplo, una calle céntrica que desemboca en Oxford Street, podría pertenecer a un barrio de Bagdad o de Damasco. La mitad de los locales exhiben sus nombres en árabe, a veces con traducciones, como Al Baraka Supermarket, Al Razi Pharmacy. De repente aparece un pub, The Green Man, pero los que predominan son los Al Mustafa, los Abu Saad o el Banco Islámico de Bahrain. La mitad de las mujeres llevan pañuelos en la cabeza, varias de ellas, burkas; la otra mitad lleva minifaldas o pantalones ajustados. Nadie se inmuta; nadie, ni siquiera, se da cuenta.

Tampoco llama la atención la extraordinaria variedad de cocina internacional en los restaurantes de la ciudad. Patrick Wilkinson, un bloguero culinario que se autodefine como un “fanático amateur de la comida”, hizo un repaso a la lista de países de Naciones Unidas y constató que prácticamente todos tenían su representación gastronómica en Londres. “No solo tienes restaurantes de Jamaica, sino también de Trinidad y Tobago; no solo de Etiopía y de Ghana, sino del Congo y de Angola”, explicó Wilkinson. “Empiezan como lugares destinados a la población inmigrante de esos países, pero los londinenses son muy curiosos, y pronto ocurre que todo el mundo acude a probar una cena angoleña”. Wilkinson dijo que se han puesto muy de moda unas baguettes vietnamitas, hechas con harina de arroz y con relleno de pescado ahumado o panceta. “También tenemos el bocadillo de chorizo español, que se ha convertido en un alimento tan básico como los fish and chips”, dijo Wilkinson. “Lo encuentras en todos los rincones de la ciudad”.
La pasión por el chorizo, un ingrediente habitual en las comidas hechas en las casas inglesas y de venta hoy en casi todos los supermercados, comenzó hace unos 10 años. Se inició a través de una empresa de ventas de comida española al por mayor que se ha transformado desde 2004 en una cadena de tapas, Casa Brindisa, que hoy cuenta con tres restaurantes, con dos más a punto de estrenarse. Lo empezó una inglesa hispanófila llamada Monika Lipton en 1988 y hoy está en pleno auge.
El almacén de la empresa en el sur de Londres –una cueva de tesoros ibéricos llena de jamones, aceites, anchoas, alubias, quesos de los más variados, incluso calçots cuando están en temporada– está multiplicando por dos el tamaño de su superficie, tal es la demanda. En cuanto a las tapas, “nuestro primer restaurante tuvo un éxito extraordinario desde el primer día”, recuerda Lipton, que lo atribuye al “dinamismo y a la enorme energía” de sus cocineros y camareros, el 70% de los cuales son españoles, y el ambiente relajado y placentero que ellos crean. “¡Es que, ya sabes, los españoles son gente tannnn simpática!”.
Lipton hace eco de algo que me ya me había dicho Rafa Pavón cuando afirmó: “El tópico de que la comida en Londres es mala es pura mierda. Si sabes lo que haces es muy difícil cometer un error en Londres hoy en día. Y no me refiero solo a los restaurantes, sino a los mercados, con una variedad y calidad de comida increíble, que han abierto en los últimos años en los lugares más inesperados”.
Como Borough Market, pegado a London Bridge (el primer puente de la ciudad, construido en su versión original por los romanos), en el lado sur del Támesis, que hasta hace muy poco fue una parte de Londres no solo desaprovechada, sino casi abandonada, como lo fue en su día, antes de los juegos olímpicos de 1992, la zona marítima de Barcelona. Hoy se ha vuelto una de las zonas más vibrantes de la ciudad.

Borough Market (la calidad del café y los quesos y el chocolate que venden ahí es de primer nivel mundial) es donde está ubicado el primero de los restaurantes Brindisa. Ahí comí con Rubén Maza y Joel Placeres. Ambos empezaron como camareros hace seis años, y hoy, Maza es el gerente de los tres Casa Brindisa; Placeres, del de Borough Market. Maza es cordobés; Placeres, uruguayo. Entre croquetas de jamón con perejil (calidad bien por encima de la media española), gambas al ajillo y chuleta de cordero, Maza me cuenta que desde su llegada ha notado que la gente tiene mucho más conocimiento de la gastronomía española, al punto de que distinguen entre jamones de Salamanca y Huelva, o de Guijuelo, y que ya no solo piden vinos de Rioja o albariños, sino también verdejos y vinos de Montsant. El problema que tiene Maza con Londres es la falta de luz. Por lo demás, está encantado. Llegó sin hablar inglés, pero ha triunfado. En otro contexto que Rafa Pavón, opina lo mismo que él. “No tienes que tener un pariente con buenos contactos para avanzar. Si das lo mejor de ti, el esfuerzo se recompensa, no importa de dónde seas”.
Joel Placeres, que vivió en Barcelona antes de llegar a Londres, piensa igual. “Soy uruguayo, pero me siento absolutamente londinense. Es muy difícil sentirte extranjero en Londres. Londres absorbe a todos y coge de todas las culturas”, sonríe. “¡Sin excluir el dulce de leche!”.
A un costado de Borough Market se erige la medieval Southwark Cathedral, donde ha habido una iglesia desde al año 606, y cruzando la calle está en construcción The Shard (la astilla de cristal), del arquitecto italiano Renzo Piano, que cuando esté acabado será, con 310 metros, el edificio más alto de Europa. Caminando por la orilla sur del río en dirección oeste, hacia el Parlamento de Westminster y el Big Ben, uno pasa el Millennium Bridge, construido hace 12 años por el arquitecto Norman Foster, que une la catedral de Saint Paul, construida por el no menos célebre Christoper Wren en el siglo XVII, con el museo de arte contemporáneo Tate Modern, un colosal éxito turístico (la entrada es gratis, como en todos los grandes museos londinenses) desde su apertura en el año 2000. Mirando hacia el norte, detrás de Saint Paul, está la City, el centro financiero más importante del mundo, con la debatible excepción de Nueva York. Es desde esta milla cuadrada, como también es conocido el barrio financiero, que fluye la riqueza de la ciudad, el dinero para levantar los deslumbrantes edificios nuevos que han surgido en la última década y los seis más de la zona que actualmente están en construcción.
La dependencia económica de Londres de la City explica por qué la ciudad sufrió un visible bajón cuando la crisis pegó en 2008, reflejado no solo en los despidos en los propios bancos, sino también en los restaurantes y las tiendas que cerraron en el centro de la ciudad, o en la bajada en los precios de las casas. Pero la recuperación ha sido rápida (el valor del suelo ha vuelto a subir) debido precisamente al hecho de que la City depende no de la economía británica o de la europea, sino de la global. O sea, China va bien, o Corea va bien, o Brasil va bien, y el impacto se siente de manera positiva en Londres. Lord Renwick, ex embajador británico en Washington y actualmente vicepresidente del banco JP Morgan en Londres, se sumó a la idea que el Reino Unido consistía, en sus palabras, en “dos países, Londres y el resto”. El volumen de transacciones en la City deja en la sombra a las que se efectúan en la totalidad del resto de Europa; las 50 compañías de minería más grandes del mundo (salvo las rusas) tienen sus sedes en Londres; la mitad de las casas de seguros de barcos están en Londres, y la mitad de las mergers and acquisitions (fusiones y adquisiciones) mundiales se llevan a cabo aquí. Todo esto genera puestos de trabajo en una larga cadena que se extiende desde los bancos hasta los abogados, los médicos, las tiendas de ropa, las productoras de vídeos musicales, los camareros y todos los que se nutren de la economía londinense.

“La tradición, la experiencia, el talento humano que es bienvenido de todas partes y un sistema legal en el que todo el mundo confía son las bases del éxito de la City”, explicó Lord Renwick. “También está el idioma, la posición geográfica de Londres, a mitad de camino entre Asia y América, y encima, la ciudad ofrece calidad óptima en cuanto a educación, deporte, arte, teatro. Es un cóctel difícil de superar”.
Siguiendo el camino en dirección oeste por el lado sur del Támesis llegué, tras pasar infinidad de cafés y restaurantes, al National Theatre, el teatro de donde fluyen las obras de más prestigio y éxito taquillero del mundo de habla inglesa, sin excluir a Broadway, en Nueva York, cuya dependencia de la creatividad londinense crece cada año. “No sería ninguna exageración afirmar”, me dijo el director del National Theatre, Nicholas Hytner, “que Londres es al teatro –en inglés, al menos– lo que Hollywood es al cine”. ¿Cómo impacta la cosmópolis londinense en la invención artística? Hytner –un gran director de Shakespeare, de ópera e, incluso, de cine– responde que la simbiosis es total, que la vitalidad, tanto en el teatro como en la música, las artes plásticas y las exhibiciones en los grandes museos (que atraen larguísimas colas todas las mañanas, mucho antes de abrir), son fruto de un fenómeno muy londinense que se ve en la amplia gama de sus habitantes: la convivencia feliz entre la erudición más refinada y la cultura más popular.
“Las personas que dirigen las instituciones culturales más importantes forman parte de una tradición que se remonta a tiempos de Shakespeare, cuyo público eran las grandes masas y que vivía del éxito comercial de sus obras”, dijo Hytner. “Mire el caso de Neil McGregor, el director del Museo Británico. Es un académico estelar y, al mismo tiempo, empresario de circo. Ha logrado imbuir un gran sex appeal a su vasta colección de antiguas piezas, ha convertido el museo en una rama del show business. Y es un gran vendedor también, que es lo que todos pretendemos ser. Ha convencido al mundo de que el Museo Británico es un museo global para una audiencia global”.
Como consecuencia, dice Hytner, las exhibiciones en los museos y las obras de teatro gozan de una amplísima clientela. “En Francia, país donde se venera mucho más a los intelectuales que en Reino Unido, es mucho más limitado el público que va al teatro. Le tout Paris consiste en 10.000 personas; le tout Londres, en ocho millones”.
Por el idioma, por el hecho de que la ciudad carece del dinamismo londinense (es un hermoso museo), porque es más cerrada a todo lo que es de afuera, París no compite con Londres para el título de capital del mundo. Nueva York – por los mismos motivos, pero a la inversa–, sí lo hace. Escribí a un amigo, un estadounidense que ha vivido en ambas ciudades y que ha viajado mucho, para que me ayudara a resolver el debate. No quiso que se publicara su nombre (quizá por temor a ser linchado en Nueva York), pero esto es lo que me contestó por correo electrónico. “Por más energía que tenga Nueva York, no deja de ser un poco demasiado provinciana, demasiado obvia, demasiado americana, demasiado comercial. Mucho dinero, poca sabiduría. Londres es más sutil y más profunda. Es infinitamente cambiante, sofisticada y cosmopolita y ofrece la más alta calidad en las cosas más importantes de la existencia. Londres vibra como la vida misma, y todo el mundo está ahí”.

Las palabras del enigmático estadounidense serían música para los oídos de Boris Johnson, que en su historia personal (no solo tienes antepasados turcos, sino rusos también) ejemplifica el gran popurrí londinense y es el retrato vivo de esa mezcla de erudición y populismo de la que habla Nicholas Hytner. Antes de despedirme de él en Trafalgar Square quise proponerle un reconocimiento tardío al país cuyas naves el almirante Nelson venció, junto a las de Napoleón, en aquella batalla decisiva en las costas de Cádiz de 1805. “Algunos dirían que llega un poco tarde la propuesta”, le dije, “pero quisiera darle la oportunidad de dar las gracias a España, de manera oficial, por haber producido un hijo que tuvo la visión, la sensatez y el buen gusto de determinar que Londres…”.
“¡Por supuesto!”, me interrumpió el alcalde. “¡Absolutamente! Ya era hora, sí, de que rindiéramos merecido tributo a Hispania Citerior (¿o fue quizá –no recuerdo bien– Hispania Ulterior?) por habernos dado a Adriano, el autor de todo esto, el que hizo que Londres fuera nuestra capital”.

OTRA PUESTA DE LARGO. Los 135 metros del London Eye o Millennium Wheel le convierten en símbolo y testigo de excepción de la vida que bulle en esta ciudad. nadie mira a nadie. En la página de la izquierda, ciudadanos de origen asiático pasean con el Big Ben al fondo. Mientras, en el taller Timothy Everest Limited se mantiene la quintaesencia de la sastrería británica con un estilo aclamado por su moderna actitud. A la derecha, el escaparate de otra sastrería, Taylor Shop, en Savile Row Street. Usted eliGe. Londres lo contempla todo. De izquierda a derecha, Brick Lane, el corazón de la comunidad bangladesí en la ciudad. El ‘pub’ Golden Heart; una sala de arte contemporáneo; la tienda James Lock, especializada en sombreros borsalinos; tumbonas en Green Park y viandantes paseando por Brick Lane. operación olímpica. Londres se vende sola, pero unos Juegos Olímpicos obligan a ponerse el mejor de los vestidos para la cita. A la izquierda, la torre Swiss Re, en el barrio financiero, obra de Norman Foster. A la derecha, el mítico Tower Bridge sobre el Támesis y el distintivo globo de cristal del City Hall, también de Foster. Abajo, la catedral de San Paul desde un moderno centro comercial. A todo sabor. La capital del Reino Unido conjuga historia y mezcla de culturas. A la izquierda, uno de sus típicos edificios con un negocio de impresión fotográfica en sus bajos. A la derecha, dos ejemplos que dan la razón a la afirmación de que en Londres se puede comer de todo y bien: el restaurante francés Les Trois Garçons y la tienda de quesos Paxton and Whitfield en Jermyn Street. Diseño y deporte. Un ciclista contempla el estadio O2 Arena, situado en la península de Greenwich, que, con capacidad para 20.000 personas, es uno de los más grandes de Europa.


viernes, 9 de diciembre de 2011

londres

después de multiples ocasiones perdidas o malgastadas, por fin he podido ir a londres. fuí a principios de otoño y tengo que decir que me ha encantado. mucho, muchísimo. me ha parecido la CIUDAD y no me extraña que durante años haya sido la autentica capital del mundo (quizás aun la sea). grandiosa y monumental pero hecha a medida del hombre. quizás me ha gustado tanto porque tenía muchas ganas de conocerla y porque me gusta la historia británica, su cultura, etc. pero la gente con la que iba no era especialmente pro-británica y también les ha gustado. es más, ambos me han dicho que no la recordaban tan bonita e impresionante

no voy a hacer un repaso de todos los sitios en los que estuve, sino más bien aquellos lugares o situaciones que ahora, unos meses después, más y mejor recuerdo. como siempre, es una opinión personal y no tiene que coincidir con ninguno de vosotros 

carnaby street: maravillosa la entrada a carnaby street desde great malborough st. (no os perdáis la tienda de liberty), con el cartel de 'welcome de carnaby street'. una calle dedicada a la moda con marcas que todos conocemos (a mi me hizo ilusión hacerme una foto en la tienda de pretty green, de liam gallagher, al final de la calle). me gustó muchisimo esta calle no por su presente sino por su pasado: la moda sixtie nació aquí; aquí se vestían pete townshend o roger daltrey...

portobello road: no te puedes perder un domingo de rastro en portobello. todas las guías lo dicen y te puede sonar a típico-tópico, pero es cierto que tiene un aire especial. lleno de tenderetes con antigüedades y sobre todo, mucha moda british (bufandas con la unión jack, banderas 'coloniales'..) y escocesa. mucha, mucha, mucha gente pero todo muy curioso. está un poco lejos de todo (en notting hill: no dejes de pasear por el barrio)

soho square: una pequeña plaza en medio del soho donde descansar un ratito. como está al lado de la iglesia, verás a los auténticos feligreses del barrio quedarse a charlar por allí. si tienes suerte (como yo), verás a charlie watts

exhibition road: majestuosa...no tengo otra palabra para definirla. todos los edificios son impresionantes (siento mi falta de vocabulario) y es un paseo (aun en obras, como nos pasó a nosotros) maravilloso. aquí esta el museo de historia natural, de entrada gratuita. nosotros seguimos el paseo por brompton road (donde está harrod's: ¿merece la pena entrar? puede, si llueve es perfecto)

royal albert hall: en verano se celebran los proms, un festival de música clásica de la bbc. a priori, ¿qué tiene esto de divertido? pasea por los alrededores del albert hall y ya me dirás si no es divertido ver a toda esa horda de melomanos, vestidos de forma estrafalaria, haciendo un botellón de champán y fresas con nata a las 5 de la tarde

picadilly: otro lugar mega-turístico, pero me encantó estar allí de noche, con todo el tráfico y toda la gente reunida, con las luces de los teatros de fondo

trafalgar square: me pasó lo mismo que en picadilly, pero de día. mucha, mucha, mucha gente. justo ahí está la national gallery: inabarcable

convent garden: en realidad, toda la zona. es como un oasis dentro de londres, con gente (¡como no! siempre hay gente en londres) pero mucho más tranquilo y con un ambiente un poco más de 'vamonos de tapas'. pasea por sus calles tranquilas










national gallery/british museum: como decía, inabarcables. podrías estar allí dentro una vida entera y no parar de enriquecerte. no puedo decir nada más que, si vas a londres, reserva un día entero para cada uno

courltauld gallery: una pequeña joya, con pocas piezas pero muy seleccionadas de arte moderno. merece mucho la pena

kensington gardens: me gustó más que hyde park o regent park porque había un ambiente más familiar y hay unas ardillitas muy graciosas. aquí está el memorial de diana pero no merece la pena nada (no entramos, de hecho)

en mi opinión, a parte de los lugares a los que no puedes dejar de ir (y que encontrarás en cualquier guia) y los museos que todos conocemos, londres es una ciudad para conocer a pie, en taxi o en autobús y perderte por cualquier calle, plaza o callejón y imbuirte de su espiritu. es como mejor se conoce cualquier ciudad, claro, pero londres se merece que la patees y disfrutes

puedes ver donde he comido, bebido o descansado en mi 11870 (que iré completando)

este post lo iré completando poco a poco con más recuerdos...¡o con una nueva visita a la ciudad!

miércoles, 5 de octubre de 2011

portugal

mis vacaciones de verano (¡qué lejanas! ¡y cuánto he tardado en escribir sobre ello!) las he pasado en parte en portugal. exactamente en nazaré. es una ciudad costera, turística, sin encanto pero bien comunicada con las zonas que queríamos ver. nos sirvió de base de operaciones y poco puedo destacar de ella excepto la parte alta, donde está el faro y magníficas vistas) y el restaurante taberna d'adelia, con mucho el mejor de la ciudad y donde recomiendo la caldereta de pescado (realmente buena). reservad antes o esperad más de media ahora
como no tengo mucho más que contar sobre la ciudad, os detallo donde estuvimos moviendonos con el  coche (sí, el combustible es mucho más caro que en españa; no, los portugueses no conducen tan mal)

  • aveiro: la llaman la venecia portuguesa, pero es mucho llamar, la verdad (aunque también tengan góndolas). hay un paseo bastante bonito desde el canal hacia la zona del ayuntamiento, donde han dado un lavado de cara a sus calles que les sienta realmente bien. la zona antigua también tiene su encanto, pero entre que llovía y que llevábamos en pie un montón de horas, no nos pareció una maravilla. comimos en o batel, un pequeñito restaurante ambientado como un barco, que nos gustó bastante

  • alcobaça: visita obligada por su monasterio cirtenciense, santa maría de alcobaça. magnifico se queda corto para definirlo: excelentemente conservado, puedes pasear por sus estancias y dejarte enamorar por su luz (id por la mañana, en domingo a ser posible). dentro del monasterio están las tumbas de pedro I e inés de castro y no te puedes ir sin ver ese trabajo minucioso y monumental (¡tened en cuenta que es una tumba!). no vimos mucho del resto de la ciudad (y nos quedamos con las ganas), pero la plaza del monasterio con sus terrazas en uno de sus extremos, te invitaban a quedarse durante todo el día observando el ir y venir de sus gentes

  • batalha: muy cerquita de alcobaça, batalha posee otro monasterio, santa maría de vitoria (en honor a la victoria de las tropas portuguesas sobre las castellanas en la batalla de aljubarrota; en realidad, el nombre de la ciudad viene de esa batalla) que no tiene que desmerecer al de alcobaça. en especial, sus capillas imperfectas (mala traducción del portugués al español; sería mejor decir inacabadas): el rey se quedó sin dinero y no pudo terminar de rematar una de sus torres. a parte de su belleza gótica, me pareció muy especial encontrarme allí, sin tejado y sentirme como si aún estuviera en obras y al día siguiente reanudaran el trabajo. os recomiendo comer en burro velho, a la salida de las capillas imperfectas: el arroz de marisco estaba realmente sabrosísimo y la ternera jugosa y en su punto (tardan bastante en servir, pero merece la pena)

  • tomar: de batalha a tomar (¡buff! es un camino bastante malo por carreteras secundarias), donde nos esperaba el convento de cristo, uno de los últimos monasterios del temple. llegamos justitos por la tarde pero (otra vez) mereció la pena el viaje y el calor. ¡enorme! tanto por tamaño (uno de los más grandes de europa) como por su sobria belleza, pasando de un claustro a otro y visitando todas las estancias (celdas, cocinas, etc) del monasterio. a destacar las vistas de la sierra desde la azotea y la ventana del capítulo, ejemplo excelso del estilo manuelino (allí aparece la jarretera, que despues daría nombre a la orden de la jarretera)

  • sintra: sí, es muy bonita sintra pero está saturada de turistas (también era agosto, vale) con lo que no pudimos disfrutarla al máximo. primero fuimos a quinta da regaleria, una villa que mandó construir un indiano en el siglo XIX. hay que decir que el hombre estaba un poco chalado, con lo que todo lo que construyó tiene un tipo de arquitectura modernista muy particular. pero es un privilegio perderse por sus jardines y encontrarte de repente con el pozo iniciático o con su capillita. un lugar maravilloso para dejar volar la imaginación en una tarde calurosa. depués fuimos (en autobús...no os perdáis el viaje) al castillo da pena. sin tener nada que ver con la quinta da regaleira, yo vi ciertas semejanzas entre ellas. creo que es porque el castillo es una mezcla de estilos(neogótico, neomanuelino, neoislámico...) que también le da el aire de cuento de hadas que tiene la quinta. la visita al castillo no aporta mucho pero es imprescindible para llegar a la capilla (¡menudas vistas!) y a la terraza del primer piso. no nos dio tiempo a hacer más y nos faltó pasear por las calles revueltas de sintra. pero lo dicho: muchos turistas


  • lisboa: aunque el plan era pasar dos días en lisboa, al final tuvimos que hacerlo en uno. obviamente, fuimos un poco al trote y no pudimos saborear la capital del tajo. pero esto es lo que hicimos: bajamos andando la avenida de la liberdade desde la plaza del marques de pombal hasta la estación de trenes do rossio (no entréis a verla: la fachada neomanuelina es preciosa, pero el interior es totalmente moderno); bajamos por la rua da prata (llena de comercios) hasta la praça do comercio (donde vimos la estatua de jose I y el arco triunfal, que nos llamó la atención porque estaba viriato) y desde allí, ver el tajo en todo su esplendor (realmente, es un mar que nace de una montaña); volvimos hasta el elevador de santa justa, que aunque tienes que esperar y la entrada (es subir en ascensor, no esperéis otra cosa) es cara, las vistas de toda lisboa merecen la pena desde su mirador; el elevador te deja en el convento del carmen, puerta del chiado, barrio tradicional de lisboa, animado y con comercios de vanguardia y donde está el café a brasileira, donde era un habitual pessoa (y hay una estatua que lo recuerda); anduvimos hasta la casa dos bicos (con su fachada de piedras talladas en forma de diamante) y comimos en a tasca da sé (por fuera no parece gran cosa, pero os lo recomiendo para comer un muy buen bacalao y beber su café con chocolate); después de comer, nos acercamos hasta la (está al lado), pequeña y acogedora catedral de estilo románico que encandila por su sencillez; como estábamos por allí, paseamos por la alfama, el barrio populoso y bohemio de lisboa (¡incluso oímos fados!) por la calle de los anticuarios; como estábamos realmente cansados, cogimos uno de los famosos tranvias amarillos lisboetas para enlazar con otro más moderno (¡sin aire acondicionado!) que nos llevó a belem para ver el monasterio de los jerónimos: si he alabado los monasterios de tomar, batalha y alcobaça, me quedo sin palabras para describir los jerónimos; sólo puedo decir que su claustro (seguramente) es uno de los más bonitos del mundo: tenéis que verlo aunque solo sea una vez en la vida. dejamos muchas cosas por ver en lisboa, pero la impresión que me dejo es que es una ciudad más viva y moderna de lo que se cuenta por ahí


  • obidos: es un pueblo amurallado que conserva su aroma histórico (aunque perdió gran parte de sus edificios en el terremoto de 1755). estuvimos dando vueltas por sus calles y plazuelas e incluso subimos a recorrer su muralla (nota para los que sufrimos vértigo: una vez que te subes, no puedes bajar hasta que no la recorres casi entera; ¡lo pasé fatal!). obidos es un buen lugar también para hacer las compras de productos típicos ya que tienes de toda clase y condición (sobre todo encajes y porcelanas). también compramos unas botellas de ginja, un licor muy dulce hecho de cereza.en obidos no parareis de hacer fotos a rincones especiales o a casas cubiertas de flores

  • san martinho do porto: unos compañeros portugueses me lo recomendaron pero ya habíamos elegido nazaré como centro de operaciones. he de decir que nos equivocamos. aunque san martinho es también un pueblo costero turístico, allí todo parecía tener otro nivel. su playa es extensa y tiene la suerte de que el agua es templada a diferencia del resto del atlántico (gracias a que está justo debajo de la nariz del mapa portugués). sus edificios son más modernos y todo está más cuidado que nazaré. incluso tienen algunas casonas antiguas que realmente le da a esta pequeña ciudad un encanto muy especial. si volvemos por la zona en verano, este será nuestro campo base 


 como habréis leído (si es que habéis llegado hasta aquí), portugal es un país que tiene encanto, algo que lo hace especial. la gente es muy amable (aunque no lo parezca al principio) y siempre te va a sacar del apuro. solo un par de cosillas más:
  • toda la comida está muy salada y muy hecha comparada con la de españa. esto nos llama la atención a los amantes del pescado, que siempre tendemos a comerlo poco hecho. pero es acostumbrarse (a lo salado, no, no te acostumbras)
  • sí, el bacalao está buenisimo. en todas sus variantes y en todos los restaurantes. también los arroces (en especial el tamboril, con todos los mariscos que encuentres) les salen muy bien en esta zona de portugal
  • los entrantes: cuando te sientes a la mesa veras que te han dejado encima unos panecillos con mantequilla, crema de anchoas, aceitunas, etc. no es un regalo, solo son los entrantes (te los cobrarán, 2€ por cabeza)
  • coged siempre autovías o autopistas: los españoles no estamos acostumbrados ya a las carreteras nacionales y son un suplicio. no son muy caras
  • si veis a viejecitas en las carreteras cerca de la costa con un cartel, no os asustéis: alquilan habitaciones a turistas y no se les ha ocurrido otra manera de darse a conocer 
estuvimos en el hotel miramar y os lo recomiendo si queréis tranquilidad y estar alejados del bullicio. está en el barrio alto y no oiréis ni una mosca. la piscina cierra tarde y es muy divertido desayunar con dos gaviotas esperando a que les des comida en la terraza. lo peor es el restaurante, caro y malo y que no tiene piscina climatizada como nos habían dicho (en realidad sí la tiene el otro hotel miramar, de la misma cadena, a unos 2km a las afueras del pueblo; id en coche (no andando como nosotros)

sábado, 22 de enero de 2011

estambul

esta nochevieja he estado en estambul. buscabamos dos cosas en mi viaje y sólo encontramos una: queríamos apartarnos de las celebraciones típicas (la única tradición que no me quería perder era la de las uvas...y me la perdí. me tuve que conformar con los doce frutos secos de la suerte) y efectivamente no vimos la jarana que se puede ver en cualquier ciudad español; y quería tener buen tiempo....pero no lo tuve. ¡menudo frió hay en estambul! cuando tomamos la decisión de ir a allí era agosto y el calor nubló mi mente

no voy a empezar a desglosar todas las maravillas de estambul. eso lo podéis mirar en cualquier guia (os recomiendo la página de turismo de turquía y este blog, pero hay muchos; buscad y encontrareis). lo que si que quiero es dejaros mis impresiones sobre la ciudad del bósforo

  • sólo visitamos la parte europea de la ciudad (dejamos para otra ocasión la parte asiática) y estambul se muestra como una ciudad occidental: grandes avenidas, trafico, centros comerciales, etc. podría pasar por una ciudad centroeuropea. otra cosa es que no sé si la parte europea de la capital representa a todo el país: me temo que no, ya que vimos a otros turcos que iban de excursión a estambul y eran muy diferentes a los de estambul (largas barbas, gorritos árabes, bombachos...). por cierto, ningún problema con la religión. es mas, me gustaba mucho ver los minaretes y oírlos orar
 
  • los habitantes de estambul son amables y cordiales. no hemos tenido ningún problema ni siquiera un mal gesto. en honor hay que decir que nosotros estuvimos en el meollo de la parte mas turística de la ciudad y todo esta enfocado al turista, pero me parece que el turco es amable por naturaleza

  • hemos acabado hasta el gorro del kebab. esta riquísimo, en efecto. pero la sobrexposicion a las moles de carne es constante. prefiero el de pollo, sobre todo a la brasa, que el cordero, no tan joven como en españa y con un sabor muy fuerte. los dulces, riquísimos pero un poco empalagosos. probad el té turco (muy bueno) y cuidado con el café turco: es muy fuerte. mis recomendaciones son restaurantes sar (hay varios, nosotros ibamos al de beyazit; la web engaña un poquito) si quieres comer rápida, barato y bien;  y house of medusa, para una comida un poco más elaborada (si no puedes ir a estambul, visítalos en zaragoza, en la calle argensola, aunque aquí solo dan bocadillos). resaltar un vino blanco turco muy bueno, çankaya, del que nos hemos hecho fans (aunque todavía no lo hemos encontrado en españa). por cierto: cuidado con los precios, preguntad sin miedo para que después no suba la cuenta mas de la cuenta

  •  nos gustó más santa sofía que la mezquita azul (en broma, decíamos que como es más nuestra, la entendemos mejor). realmente la mezquita azul me dejó un poco frío. impresiona más ir acercándose a ella que estar dentro de ella. aunque no quiero decir que no merezca la pena la visita. los azulejos que le dan nombres son magníficos. en cambio, santa sofía si que me gustó mucho: cómo el arquitecto hizo que 'flotara' la cúpula asombra y el recorrer todos sus rincones, aunque sea con un turismo tan masificado, gustará a todo el mundo

  • no podéis dejar de hacer el crucero por el bósforo. elegid el de dos horas (el viaje de seis tiene que ser un poco aburrido) y disfrutad de las vistas de las dos orillas, de las dos culturas, del cuerno de oro. en este crucero (no esperéis unos barcos de postal, más bien son barquitos de recreo) viví el momento más mágico del viaje: escuchad las llamadas de la oración desde las dos partes de la ciudad, la occidental y la oriental (echo de menos ese sonido). si no hay niebla, veréis a lo lejos asia

  • si queréis ver todo estambul, tendréis que subir la torre gálata. ¡menuda caminata nos dimos ese día! pasas por el puente del gálata el bósforo (con todos los pescadores apiñados para conseguir los 'mejores' pescados) y subiréis, subiréis, subiréis hasta llegar al barrio de beyoğlu , el mas bohemio de la ciudad. pero merece la pena la subida y la espera por las vistas, lo ves todo. topkapi, el palacio del emperador, es una visita imprescindible para cualquier visitante. es enorme y preciosas todas sus salas. hasta la mas pequeña, hasta la que utilizaban para la cosa mas tonta, es una maravilla. lo único malo son las personas de seguridad: su 'quiqui, quiqui' (en lugar de quickly, quickly) fue la coletilla del viaje


  • el tesoro escondido de estambul es su museo arqueológico. amplísimo (no pudimos verlo todo) y casi tan rico como el de atenas. desde la tumba de alejandro magno hasta las ruinas de troya, todo un recorrido indispensable por toda la historia de la zona (imperio persa, romano, griego.....). la historia del mundo, vamos. y la gran decepción la cisterna basílica: no merece la pena para nada pagar la entrada para ver el lugar donde almacenaban el agua en estambul. a mis compañeros de viaje no les gustó nada y les pareció una tomadura de pelo. a mi solo me hizo gracia porque allí rodaron algunas escenas de desde rusia con amor (soy un fan empedernido de 007)

  • donde mejor lo pasamos fue en el gran bazar. ya se sabe que viajando se conoce a las personas, pero no sabia cuanto. descubrí que mi novia fue en otra vida una comerciante persa: regateaba por todo y con muy buena fortuna. aunque el regateo es parte esencial del bazar. es enorme, indescriptible, un laberinto de pequeños puestos de cualquier cosa: alfombras, lamparas, ropa.... famosas son sus replicas de ropa y relojes, algunas muy muy buenas. tan buenas, que ciertos famosos y empresarios (no daremos nombres) compran allí los bolsos y relojes que lucen en las revistas. reservad un día entero y una maleta para todo lo que vais a comprar (por cierto, falsifican hasta cosas de zara)

  • estambul nos derrumbó un mito: roma no es la república de los gatos, ¡es estambul! no se cuantos habrá, pero si digo que había un par de gatos en cada esquina, no exagero en absoluto. además, la gente los trata muy bien y les tiene preparadas la comida y el agua, incluso en algunas tiendas hay un cojín para ellos. vi a un señor coger un gato y llevarlo por toda la calle hasta que lo dejo en su tienda. además, son muy guapos

  • se me olvidaba deciros donde estuvimos alojados: barceló saray. hotel moderno aunque no es realmente un 4*, si no un 3* superior. tienen servicio de masajes y hamam en el mismo hotel. lo mejor, la situación: enfrente del bazar y a 10 minutos andando de santa sofía y la mezquita azul

en resumen, una ciudad bulliciosa y amable, orientada al turismo, con grandes monumentos que visitar y donde no te puedes aburrir. merece la pena. nosotros ya estamos planeando el próximo viaje a estambul (porque nos perdimos muchas cosas)....¡pero con una maleta vacía!